Llevan apenas dos años de casados, aún no han pensado en hijos pues prefieren que la situación mejore un poco para poder planear un futuro mejor.
Ella; callada, de tez increíblemente suave; él, torpe al caminar, de cuerpo corpulento, un cuerpo que sólo refleja protección. Ella de corazón blando; él, también. Con sueños y esperanzas importantes. Sueñan con que la pobreza se acabe, las diferencias sociales, la desigualdad, el odio. Piden un mundo sin sangre ni torturas.
Ella, no sabe de qué manera lograrlo; intenta resolverlo recargándose en un sillón del balcón que da justamente al atardecer. Ahí permanece absorta, observa el hastío mientras la luz baña su cara tierna y sonrojada. Se pregunta sobre la infinidad de la existencia. El Universo, el tiempo y el espacio.
Eso lo logra el Sol, y no sólo el Sol; también el sillón que se encuentra en el balcón de su cuarto que da al atardecer. Nada está puesto al azar. Las cosas son como son porque nos presentan una llave a la introspección, nos preguntan qué somos y por qué existimos así. Cómo nos creamos y cuál es el siguiente paso que debemos de dar, cuál es la forma de dar ese paso.
Así, el sillón que se encuentra en el balcón del cuarto que da al atardecer la hace recordad de esa ínfima existencia en que ella, y la humanidad, se convierten. Una lágrima brota y se desliza por su mejilla. Él, se acerca, la limpia y se sienta junto a ella. Permanecen en silencio los dos; él no pregunta nada pues sabe la razón de esa lágrima. Sabe que el pesar aparece en las tardes mientras ella observa al Sol.

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