domingo, 8 de junio de 2008

La mosca

Carlos se despertó temprano. No había sido realmente su decisión, fue algo mas bien obligado después de que mantuvo una lucha constante con una mosca que no lo dejaba dormir.

La oyó por primera vez alrededor de las dos de la madrugada, se paró cerca de su oído izquierdo. Carlos estaba soñando el mismo sueño que tiene desde que aprendió a recordar, por lo que no le molestó la interrupción. Se sabía cada mínimo detalle, e incluso dormido, siempre intentaba encontrarle un matiz o un significado nuevo que proporcionara una nueva pista para lograr, por fin, soñar algo más.Intentó verla, su cuarto no le ayudaba mucho. De pequeño fue diagnosticado con fotosensibilidad por lo que siempre procuró que su habitación fuera un lugar dedicado a la hibernación, fuera del alcance de toda luz que pudiera afectar su morada. Exponerse a la luz no era peligroso para él pero sí fastidioso, así que la única forma en la que podía dormir bien era en la total oscuridad.

No pudo ver nada, el trabajo de las pupilas, intentaban con toda su capacidad encontrar un poco de luz pero su esfuerzo fue en vano. Tratando de subordinar lo que la mosca le estaba ocasionando se dijo a sí mismo que lo mejor era volver a dormir, creyendo que el sonido de la mosca se apagaría tarde o temprano.

No fue así y la lucha continuó, por intervalos de intensidad, hasta la mañana.

La luz comenzaba a asomarse por entre la puerta de entrada, así que decidió que era mejor entender que el sueño no iba a regresar, era mejor empezar el día con ardua actividad, para conciliar el sueño temprano y profundo.Fue entonces cuando la vio, parada precisa frente a él. Parecía que era ella la que había estado vigilando a Carlos todo el tiempo, no al revés. Carlos se impresionó por la forma en la que ella estaba inmóvil, aún cuando él comenzaba a acercarse demasiado, ella parecía no tener miedo; al contrario, Carlos sentía que había un ambiente de ansiedad, por las dos partes, de cruzar miradas fijas. Se quedaron un minuto intercambiando miradas fijas, miradas que no podían ser perturbadas inclusive con ráfagas de movimientos contiguos presentándose alrededor de su perímetro visual. Carlos sabía que había sido muy poco tiempo, aunque el lo sintió como una eternidad.Había sido uno de los encuentros más interesantes que Carlos había tenido con alguien; bueno, con algo. El sintió como si sus vidas hubieran pasado en un instante. Se sintió conectado con la mosca; parecía que ella sabía todo de él, y comenzaba a saber más de ella misma.En un instante, ella voló y desapareció por la pequeña abertura entre la puerta y el exterior.

Fuera de eso Carlos tuvo un día muy normal. Colocó el café, salió a comprar el periódico y se sentó a leerlo en el patio techado de enfrente de su casa, para que la luz en vez de ser perturbadora, se convirtiera en su compañero ayudante de lectura. En el periódico demostraban la obra en escena en el Teatro Municipal, una que otra noticia de firmas de tratados internacionales y, por supuesto, los obituarios.Dejó su café a la mitad, no le gustaba sentir el polvo de café mal revuelto, así que prefería dejarlo antes de sentir un trago más amargo de lo normal. Puso el periódico en la pila de periódicos de los días pasados, y se dirigió al servicio postal, su “trabajo temporal”, como el le solía llamar. Antes de abrir la puerta de salida, se detuvo un momento a reflexionar sobre su encuentro en la mañana, sonrió, y siguió su camino.

Llegó a su casa ya pasada la medianoche; su plan de una siesta sabatina y que según él se extendería hasta el otro día, fue saboteado por su ya planeada, sin que el la recordara, reunión de dominó. Su cuerpo deseaba sentir su cama tanto como un niño desea salir a la calle en tiempos de nevada, ansioso por sentir la nieve entre sus dedos y la frescura de los copos pasando por su frente hasta llegar a la lengua ya derretidos.

Sin tener deseos de hacer otra cosa más que tender el cuerpo en su cama, decidió acostarse en su ropa de trabajo, pensando que mañana encontraría en su guardarropa algo que lo salvara de la situación. Apagó la luz y acto seguido se aventó a su cama como alguien que invadido por un veneno mortífero, pierde la noción de sus extremidades.Un minuto después, al menos es lo que sintió que pasó debido a la profundidad de su sueño, volvió a oír el maldito sonido del aleteo de la mosca. Carlos alcanzó a distinguirlo entre todos los aleteos de moscas que oyó durante toda su vida. Este, según él, era un aleteo muy particular que podía distinguir entre miles de moscas. Era el mismo aleteo del día anterior.Dejó a un lado toda la interconexión casi espiritual que había tenido con ese ser, conmovido por una rabia que elevó su ritmo cardiaco en menos de un segundo, sus sentidos parecían haber cobrado vida propia, habían desobedecido su naturaleza de empleados impuesta por el sistema nervioso y se disponían buscar ese alborotador.

Esta vez no tardó mucho en encontrarlo. La mosca cometió el error de pararse en el muslo derecho de Carlos; quizá no fue un error, quizá la mosca había sentido también esa ambigua conexión y la había interpretado como un nuevo lazo de amistad. Ella estaba totalmente paralizada, y no una paralización que resulta de un miedo a lo desconocido; era mas bien una paralización ocasionada por la contemplación hacia lo desconocido, por la emoción de visualizar a un ser ya conocido.Carlos, por no querer cometer ningún error esta vez, caminó con paso firme pero sigiloso, cuidándose de no mover tanto la pierna ya ocupada, hacia la puerta. Su plan era perfecto, la mosca no se iba a mover de su pierna, el lo sabía, abriría lo suficiente la puerta para aceptar el paso de la luz, acercaría su palma con movimientos pausados y de porte determinado hacia la mosca y en un instante canalizaría toda su fuerza hacia ese deseado blanco.

Su plan funcionó perfecto, la mosca se deslizó por el aire hasta caer al suelo. Pero algo salió mal… Toda esa rabia que había sentido en un instante hacia esa mosca había sido invadida por otro sentimiento, mucho más profundo, masivo y desalentador.

No sólo había matado, sino que la muerte en persona había invadido todo su ser. La mosca, una vez más, había encontrado la forma de conectarse de otra manera con Carlos. Esta vez, no había ganadores. Carlos no sintió tristeza ni dolor, sintió algo mucho peor, soledad. Por primera vez se vio a sí mismo, se reconoció. Se dio cuenta que lo que la mosca le había hecho sentir era a él mismo, a él mismo lleno de soledad y de muerte. Entendió la simplicidad de la vida, pero demasiado tarde, puesto que la forma en que por fin la entendió, fue con la complejidad de la muerte.

FIN

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