Íbamos de regreso de ese viaje que tanto tiempo esperé. Habíamos disfrutado al Sol que se había posado sobre la ciudad entera; comido en ese lugar que asemejaba a un ritual gastronómico casi irreal; habíamos encontrado lo que teníamos que encontrar; habíamos visto lo que teníamos que ver.
Regresábamos entonces de ese cansado viaje. Nos encontrábamos en la carretera recta rodeada de ambos lados por selva baja y espesa. Recuerdo que mis ojos se cansaban de intentar observar estático un punto, algo imposible ya que nos íbamos moviendo. El coche nos envolvía y nos separaba de la naturaleza; intentaba bajar la ventanilla pero el aire sonaba demasiado fuerte e impedía que nos sintiéramos cómodos. La noche era bonita; y si volteabas al cielo, en el momento en que las luces de los coches de alrededor no entorpecieran tu mirada, las veías, quietas, eternas, inmensas.
La música fue la protagonista de ese hermoso viaje de regreso. Mientras mi padre y yo permanecíamos en silencio, un silencio pacífico y en el que ninguno de los dos pensó que pudiera existir una mejor forma de llenar el pensamiento. Permanecimos callados, hablándonos con nuestros pensamientos a través de la música:
-Espero que recuerdes este momento que estamos viviendo juntos, pues la vida se reduce a esto. Un instante de momentos. Es tu vida, es la mía.-
-Si lo siento y lo comprendo, los segundos se separan y me dicen que es real, que la vida está pasando y que disfrute, y lo haga pronto, pues pronto habremos llegado a nuestro hogar, y este instante quedará como un instante en el recuerdo.-
…Y no sé, que es lo que hago aquí, oh oh! Y no sé, que es lo que hago aquí.
La canción terminó. Lo miré y lo planté en las raíces de mi memoria, volteé a la ventanilla y contemplé la selva.
Miré al cielo… Cerré los ojos.
Las luces de la ciudad se divisaron a lo lejos y en un instante nos envolvieron. Pronto llegamos; la sensación se iba perdiendo mientras la ciudad iba creciendo alrededor de nosotros hasta desaparecer del todo.
Mi papá se estacionó, apagó el coche y me sonrió. Le sonreí. Sin decir nada nos dimos gracias por ese viaje en carretera, por ese instante de la vida.

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