Estaba caminando por la calle. Hacía aire y su cabello giraba alrededor de su cabeza alborotándose con las ráfagas de viento. Una que otra hoja seca golpeaba contra su contorno facial y los residuos de basura danzaban entre las aceras y las llantas de los vehículos. Había un silencio relativo, todo el ruido que se pudiera generar a su alrededor era minimizado por la intensidad de sus pensamientos.
De pronto su mirada reflejo una profunda tristeza, sus ojos transfiguraron su sonrisa abierta y renovada hace apenas unos instantes; su labio se cerró siguiendo la obscuridad de su mirada y su brazo derecho tocó el hombro izquierdo con el vago intento de abrazarse a sí misma.
Fue en ese preciso momento cuando se dio cuenta que estaba creciendo, que su vida estaba cambiando y que pronto la seguridad que había experimentado durante tanto tiempo desde los comienzos de su vida iba a desaparecer.
Su pensamiento fue abordado por imágenes sucesivas de momentos de la infancia, como cuando su tío le enseñó a abrocharse los cordones de sus zapatos, o como cuando su hermana le dijo por primera vez cómo era besar a otra persona. Cuando su mamá le enseñó que es normal caerse y abrirse las rodillas, es parte de ser niño y cuando sus padres le enseñaron que lo más importante era sonreír.
Ahora se encontraba expuesta, mientras más crecía más vulnerable se sentía.
Comenzó a caminar más rápido, un sentimiento de estar siendo observada y seguida inundó sus sentimientos. Su respiración se aceleró hasta hacerse notar incluso por encima del abrigo grueso que llevaba puesto. Y pronto sintió los gritos en silencio de su respiración.
Se detuvo. Permaneció en silencio mientras gritaba en su cabeza para intentar callar esas falsas sensaciones que la ponían en peligro. Cerró los ojos, miro el cielo.
Asaltó su pensamiento un recuerdo bien guardado:
-Si corro y me detengo me doy cuenta que no es tan malo, que cuando estás en peligro es muy fácil salvarte. Sólo siéntate en la acera, pon tus manos en el piso y observa lo que camina alrededor de ellas. Pronto verás las hormigas que se acercan a mirar lo que ha pasado. Se encuentran con tus manos y corren a otro lado.
Después voltea al cielo, espera un momento y si tienes suerte verás algún pajarito que pasea a lo lejos. Sigue mirando al cielo, piénsate chiquita. ¿Qué ves? Que eres una parte de este Universo, tan grande y tan bonito, que eres pequeña y lo que te pasa es un problema de hormiga, el problema de rodear la mano, o perder el paso.-
Sus labios recobraron su posición habitual, e incluso improvisaron un poco más. Sentada en la acera, comenzó a reírse de aquel hermoso, simple y sencillo recuerdo. Entendió que no había entendido, que crecer no significa dejar de ser niño. Que es más sabio pensarse en pequeño, y más sencillo vivir en la vida.
Caminó lento, observando sus pasos, sus manos, el aire. Llegó:
-Madrecita querida, soñé que era grande y que no disfrutaba.-